Fanfic: Monólogo de Mérope antes de darle la poción de amor a Tom Riddle

Con los ojos luminosos y una triste sonrisa dibujada en su cara, Mérope miró por el ventanal hacia la oscura noche. Las nubes cubrían el cielo nocturno, pero no llovía. No podía encontrar consuelo en las estrellas ni descargar su tristeza con la tormenta. Apretó los labios y, con ellos, los puños. Levantó la cara y sus esfuerzos de querer reprimir un grito fueron en vano. Sintió que su grito desgarrado abarcaba hasta el último rincón de la fría y, en ese momento, solitaria mansión en la que se encontraba. Gritó hasta que su cuerpo se lo permitió y, poco a poco, fue abriendo las palmas de sus manos mientras, sin darse cuenta, caía de rodillas en el piso de mármol únicamente iluminado por un viejo candelabro cubierto de polvo. Ya en silencio, y tras abrir los ojos, Mérope observó su sombra que, un segundo después golpeó con fuerza con la palma de su mano, pues, en medio de su estado de desespero logró controlarse y prever que golpearla con el puño habría sido muy doloroso. Su mano blanca como la cera, permaneció apoyada contra el mármol frío. Ella la miró en silencio y sin moverse hasta que levantando la mirada hacia la puerta de la estancia, que había cerrado a propósito, pues quería estar sola, permitió que las lágrimas que hasta ese momento había reprimido, se deslizaran por sus mejillas, mientras dejaba en libertad un sollozo tan febril y profundo que habría incluso despertado la compasión del alma más egoísta del mundo.

                        Se limpió las lágrimas con las yemas de sus dedos, tras lo cual se sentó y abrazó sus piernas. Con la barbilla apoyada en las rodillas miró de nuevo hacia el ventanal. Las densas nubes aún cubrían el cielo. Un destello de luna era visible a través de la niebla condensada. Mérope se aferró a él como Penélope a la esperanza del regreso de su esposo. Por fin, logró exhalar un suspiro, lo que significaba que había alcanzado cierto nivel de estabilidad. Estiró un brazo hacia esa débil mancha de luz y apretó el puño como queriendo hacerla suya. Nuevamente, permaneció varios segundos en esa posición hasta que, lentamente dejó caer su brazo en el mármol y, por primera vez desde que se había encerrado en la estancia, logró pronunciar una palabra:

–Tom…

Ante este sonido, tan valioso para ella, sus ojos se iluminaron nuevamente. Cerró los ojos y, esta vez, sí logro reprimir las lágrimas. Haciendo un esfuerzo casi titánico logró levantarse y dirigirse hacia un sofá colocado justo delante del ventanal. Se acostó boca abajo y abarzó un cojín redondo que allí descansaba. Con la vista clavada en el suelo, Mérope se abandonó, por un rato, a sus pensamientos y a la recreación ilusoria de sus imposibles deseos. Pues, aunque en un futuro sería la madre del mago más tenebroso y malo de la historia, no se puede olvidar que era una simple mujer que, como todas las personas, no deseaba otra cosa que la felicidad.

“Nunca… nunca. Podría jurarlo por mí, por la luna y por la indecisa noche que, como bóveda, es testigo de mis penas que, no importa cuánto haga, o no haga, no importaría ni que, de tener el poder de renunciar a mis poderes, lo hiciera, no importan las sonrisas, ni los detalles, ni las promesas… nunca…”.

Todo esto lo había dicho en su mente, hasta que en un quedo suspiro, logró pronunciar, por primera vez, esta triste frase:

–Tom Riddle… no me va a amar nunca.

            Clavó sus uñas en el terciopelo y las deslizó lentamente, dejando una marca que se borraría eventualmente. Tragó saliva. Desde hacía ya varios meses la idea de usar una poción de amor en Tom Riddle rondaba su mente.

–No sería real… para mí, porque yo sabría la verdad. Pero sí sería real para él, tan real como esta tela, este piso y este insoportable frío. Tom Riddle creería amarme y sentiría por mí, gracias a esa poción, lo que nunca sentirá por él mismo.

                        No sabía si sería capaz de vivir con esa culpa o siendo poseedora de la triste verdad. Por esto había desistido tantas veces de su plan.

–Para él sí sería real… –repitió con la vista clavada al suelo y sin pestañear.

Cerró los ojos y, tras abrirlos nuevamente, se incorporó en el sofá. Con las manos sobre las rodillas y una serie de pensamientos agolpándose en su mente, Mérope sonrió levemente y dijo:

–Las alucinaciones son tan vívidas como la realidad para quien las sufre… ¿no?

Se levantó con dificultad y, de nuevo, miró hacia el ventanal. Sintiéndose más fuerte, respiró profundo y enderezó la espalda. La luna había desaparecido nuevamente. Miró fijamente a la oscuridad como retándola. Los orificios de su nariz se abrieron y, levantando una ceja, con una sonrisa maliciosa que su hijo heredaría, dijo:

–Juro, otra vez, ante mí y ante esta fría, oscura y hermosa noche que haré todo lo que está en mi poder, que emplearé todo mi conocimiento y mis fuerzas y toda la magia que sea necesaria para que Tom Riddle me ame, sin importar el cómo ni el por qué.

comenzó a llover, Mérope permaneció inmóvil varios minutos frente al ventanal, observando la lluvia caer y aún sonriendo.

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Escritora venezolana radicada en Miami. Licenciada en Historia del Arte y Literatura por la Universidad de Miami. Ha publicado la novela Beatriz decidió no casarse, la cual también fue publicada en inglés. Puedes comprar su novela en Amazon

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