Si fueras a Hogwarts por un día

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No sé, salvaste al mundo tipo la película Armageddon y las Naciones Unidas te quieren recompensar dándote doscientos millones de dólares, más concederte una petición. Tú pides que, por un día, los libros de J. K. Rowling sean reales (asumiendo que todo es posible) y que quieres pasar un día en Hogwarts.

–Perfecto –te dice Ban Ki Moon.

Tú estás feliz, eufórico, pero quieres cuidar tu imagen, hacerle creer a Ban Ki Moon que eres cool, que a pesar de tu felicidad, puedes mantener la calma, porque te importa, pero no tanto tampoco.

–Ahora, un detalle muy importante.

Como su cara es seria, piensas que lo que te dirá consistirá en una prohibición o n algo terrible como: serás alumno de Hufflepuff porque las camas de Gryffindor están todas ocupadas. O, estarás en los libros pero no serás tú, serás Colin Creevey, para que le tomes fotos a todo y, así, tengamos muestras visibles de cómo es todo ese mundo.  Aún así, sigues manteniendo la calma al estilo de: todo lo que me digas me resbala.

Ban Ki Moon, con los codos apoyados sobre su escritorio y los dedos entrelazados, te pregunta, él sí sonríe, es decir que Ban Ki Moon es más simpático que tú:

–¿A qué libro quieres ir? Y, necesitamos saber también a qué casa quieres pertenecer, para hacer todos los arreglos de tu horario y alojamiento, pues pasarás una noche en Hogwarts y te irás al día siguiente después del desayuno.

Primero, te sorprendes de ti mismo porque ¿cómo no se te había ocurrido algo tan básico?  Segundo, te sorprendes de que te hayan concedido tanta libertad en el planeamiento de tu deseo. Tercero, te paseas por todos los libros, para decidir a cuál quieres ir, y es algo así:

“El primero es agradable, no hay mucho problema… El segundo… no. Soy tan torpe que, conociéndome, soy el único con mala suerte que sí ve al basilisco directamente a los ojos y se muere… condenado a pasar el resto de la eternidad en el baño de las chicas, perdón, en el “lavabo”. Tengo que adoptar el lenguaje que se usó para las traducciones… ah… ya quiero mi zumo de calabaza. Luego de pasar por todos los libros y descartar el segundo porque Harry estaba insoportable y el cuarto porque ya Hogwarts es suficiente emoción como para agregarle a Durmstrang, Beauxbaton, y el Torneo de los Tres Magos, te decides por el tercero: Sí… Lupin va a ser mi profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y, con suerte, me toca la clase del boggart. Ya nombran a Sirius Black y es un año escolar normal… dentro de lo que cabe.

Le dices a Ban Ki Moon que quieres ir al tercer libro y que escoges Gryffindor, porque aunque quizá te guste más Ravenclaw, o Slytherin o incluso Hufflepuff, sabes que si no escoges Gryffindor, no vas a estar en nada. Te dicen que, dentro de una semana, una limosina te buscará a las cinco de la mañana para llevarte a la estación King’s Cross, donde el señor Weasley te estará esperando junto con un carrito que contiene tu uniforme y los libros que necesitarás por el día. El tren sale a las seis de la mañana, llegarás a tiempo para el desayuno.

–¿Y tendré una lechuza?

–Vas por un día,  no te emociones.

Ni te atreves a preguntar si una Nimbus 2001 viene en el paquete (ah, si hubieras escogido el cuarto libro, existiría la Saeta de Fuego).

Llega el día y, tal cual, el señor Weasley te está esperando con tus cosas, sin lechuza y sin escoba, pero estás tan emocionado que te da igual.  Como no es el primer día de clases, sino un día cualquiera, el Expreso de Hogwarts va vacío. Están tú y la señora del carrito de golosinas. Incluso ella es una celebridad para ti. Le pides, emocionado, una rana de chocolate. La abres, y como aprendiste de la experiencia de Harry con su primera rana de chocolate, eres rápido y la atrapas (aplauso). Te alegras al ver que te toca una barajita de Dumbledore y te alegras aún más cuando ves que desaparece (¡Ja, ja! ¡Desaparece! ¡Como en el libro! ¡Esto es increíble!).

El tren se detiene, ya tú tienes tu uniforme puesto y te bajas de un salto. Hagrid está allí para recibirte. Tú lo quieres saludar como se saluda a un viejo amigo y quieres decirle que es el mejor profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas de la historia, pero luego recuerdas que él ni te conoce, por lo que escondes tu euforia detrás de una educada sonrisa y un  apretón de manos.  Te montas en la carroza llevada por caballos que no puedes ver porque no has visto a nadie morir (espero).

Aparece el castillo de Hogwarts y es más grande, más majestuoso, más bonito y más imponente que lo que se ve en las películas o en Island of Adventure.  Sientes que se te van a salir las lágrimas y las dejas salir porque estás solo y porque no puedes esconder todas las emociones que te han asaltado desde que Ban Ki Moon aceptó concederte un día en Hogwarts.  Por fin, llegas al castillo, y si ya tenías taquicardia, esta se intensifica cuando ves a un gato en la puerta del castillo. El gato te observa, como si te esperara. Es más, sabes que, efectivamente, te está esperando.

“ Voy a ver a ver una transformación de McGonagall de gato a humano en vivo, ya me puedo morir tranquilo”.

McGonagall se transforma y tú te auto felicitas porque no te desmayaste (aplauso para ti). Tal como en los libros, y como magistralmente lo hizo Maggie Smith en las películas, McGonagall es severa. No, no te sonríe. Se limita a darte la bienvenida y pedirte que la sigas para llevarte al Gran Comedor. ¡El Gran Comedor! Ya quieres sentarte en la mesa de Gryffindor, al lado de Neville, al lado de quien sea. Quieres saludar a los gemelos Weasley (se te hace un nudo en el estómago al caer en cuenta de que vas a ver a Fred). Estás tan emocionado que ni hambre tienes. La profesora McGonagall te dice que entiende que debes estar “abrumado de emociones”, pero te pide, la verdad, te exige una buena conducta y te dice que no estás exento de restarle puntos a Gryffindor (¿Me está diciendo que puede ser que escuche la frase “cinco puntos menos para Gryffindor” en vivo y dirigida a mí? Esto cada vez se pone mejor). Se abren las puertas del Gran Comedor. El profesor Dumbledore está de pie, lo que significa que estaba dando algún discurso. Todos voltean a verte, esto te indica que todos estaban al tanto de tu llegada. Sigues a la profesora McGonagall hasta la mesa de Gryffindor, ves a Seamus Finnigan, Lavender Brown, te acercas más y, al final de la mesa, ves a Harry, a Ron y a Hermione junto a los otros Weasley.

Todo es silencio hasta que Dumbledore pide que te den la bienvenida. Todos aplauden menos los de Slytherin (los de Slytherin no me aplauden, me toman tanto en cuenta que no me aplauden, este es el mejor día de mi vida). Cuando crees que nada puede mejorar, Draco Malfoy grita:

–¡Como siempre, Gryffindor dándoles asilo a los muggles y sangre sucias!

No haces sino saludar con la mano y regalarle tu más radiante sonrisa, lo que causa la risa de los alumnos que pertenecen a las otras casas (Beyonce y tú, pues). Como McGonagall es severa, pero no mala, además de que es muy inteligente, te guía hasta el final de la mesa y te sienta entre Hermione y Fred Weasley, que están sentados frente a Ron, Harry y George. Ginny está junto a Hermione. Todos te sonríen educadamente. Te sientas. Te das cuenta de que la cara de Ron está totalmente roja y de que está apretando los labios con todas sus fuerzas, como si evitara decir algo.

–Espero que lo ayuden a tener una estadía placentera y, señor Weasley –dice  McGonagall dirigiéndose a Ron–. La señora Pomfrey le puede ayudar a bajar la hinchazón de su lengua y a quitarle ese color amarillo que acaba de tomar.

–¿Cómo sabe que  eso es lo que le ocurre, profesora?

–No es la primera vez que los gemelos Weasley envenenan a un alumno con su chicken-tongue.

Ron no pudo contenerse más y pió, al momento en que numerosas y pequeñas plumas amarillas escapaban de su boca.

–¿No le dije yo, señor Potter? Con pesar, me veo en la obligación de quitarle cinco puntos a Gryffindor, pero no por la broma que le hicieron sus hermanos, señor Weasley –dije McGonagall, ahora dirigiéndose específicamente a Ron–, sino por su falta de sentido común al aceptar por parte de sus hermanos un sospechoso bombón de chocolate en forma de huevo de gallina y envoltura amarilla. Debería avergonzarse.

Normalmente, te reirías, pero son tantas cosas las que están ocurriendo, que estás como en estado de shock, entonces, no haces sino mirar todo con una sonrisa tonta e inconsciente. No te preocupes, es normal. Todos estaríamos así.

Ron se fue a la enfermería. Los gemelos Weasley te abruman con preguntas de este estilo: ya que solo estarás un día aquí, por lo que no te puedes meter en problemas, ¿puedes pintar un bigote en alguno de los cuadros del despacho del profesor Dumbledore con este marcador que hace que salga pelo de verdad? Harry se sabe la contraseña y te puede indicar cómo llegar a su despacho.

Tú, aunque leíste los libros hace varios años, tienes una memoria decente y dices, inflado de orgullo:

–Eso no es problema, si mal no recuerdo, la contraseña aún es “sorbete de limón”, si no cambió ya a “cucurucho de cucaracha”.

Todos te miran con sorpresa y admiración, excepto Hermione, que te acaba de dedicar su primera mirada desaprobatoria del día. (Aplauso para ti, que estás viviendo la experiencia completa, solo falta que la señora Norris te cache rompiendo alguna regla).

Se acaba la hora del desayuno. Bebiste tu zumo de calabaza, comiste tus gachas de avena, tu beicon y ya estás listo para tu primera clase. Le preguntas a Harry (uuuuh estás hablando con “el niño que vivió”. Por supuesto, le miras la cicatriz) cuál es la primera clase y te responde que Defensa Contra las Artes Oscuras, que estará seguida por Encantamientos, esta por Pociones y, por último, Adivinación con la profesora Trelawney.  La idea de tener Pociones te parece súper emocionante.

Llegan al salón de Defensa Contra las Artes Oscuras y ahí está el profesor Lupin, con su cara de enfermo, su débil semblante y un armario que esconde una criatura que se mueve. Sientes que te tomaste una botellita de Felix Felicis, pues, tal como lo deseaste, estás en la clase del boggart. Lupin está al tanto de tu visita y te da la bienvenida, tras lo cual anuncia que el tema del día será el boggart y, a continuación, le pregunta a la clase si alguien sabe lo que es un boggart. Solo Hermione levanta la mano, sin embargo, tú, que leíste los libros, también sabes lo que es un boggart. Por un segundo dudas si levantar la mano también. Lo haces. Lupin, sorprendido, te da la palabra y tú respondes:

–Una criatura mágica, de la cual no se conoce su forma real, porque siempre adoptará la forma de aquello a lo que más tema la persona que tenga frente a sí.

Okey, no es la definición exacta del libro, pero está bien, por ende, te sientes el rey del mundo. Le quitaste la palabra a Hermione. Ella se ve decepcionada, ahora te sientes mal porque, la verdad, te mueres por ser su amigo, pero no puedes negar que responder primero que ella ha sido uno de los mejores momentos del día. En fin, ves al profesor Snape vestido como la abuela de Neville, ves a la araña de Ron que se le desaparecen las patas, la profesora McGonagall diciéndole a Hermione que suspendió todas sus materias, en fin, la pasas de lo lindo. Lamentablemente, no puedes luchar contra tu boggart. Aquí, caes en cuenta de que no podrías, porque eres un muggle (minuto otorgado para intentar reprimir llanto).

A pesar de no tener poderes mágicos, el profesor Flitwick te enseña el movimiento varita que enseña a los de primer año en la primera clase. Tú no logras hacer nada, pero te entretienes al ver el progreso de tus compañeros. Intentas conversar con Hermione, no parece estar molesta contigo (regresa tu paz mental).

En Pociones, tu participación es más activa, el profesor Snape ordena que todos se pongan en parejas y te asigna a Neville. Si fueras estudiante de Hogwarts y tus calificaciones fueran una preocupación, este no habría sido un anuncio agradable, pero como solo estarás allí por un día, la idea de estar completamente perdido junto a Neville, te parece de lo más divertida. Al final de la clase, una poción que debería ser color magenta, les queda color chocolate, la de Harry y Hermione es color magenta, la de Ron, Seamus y Dean es naranja. Tú, feliz de ser terrible en Pociones, como todo buen Gryffindor.

 

En el almuerzo ya estás más tranquilo, conversas con los de tu mesa, te ríes, te hacen preguntas sobre tu vida de muggle y lo pasas de lo lindo. Llega el momento de asistir a clases de Adivinación. Sigues a todos los de tu casa porque, por supuesto, no importa que hayas leído todos los libros y creas que conoces el castillo, tú estás completamente perdido.  Suben por la trampilla. La profesora Trelawney ya está ahí. Como venías conversando con Hermione, ella te presenta, y si creías que ya habías vivido la experiencia completa, cierras con broche de oro con una profecía fatalista como solo la profesora Trelawney las sabe hacer. Al parecer, una terrible e inminente desgracia te acecha. Tú la escuchas con una sonrisa de oreja a oreja y ella no entiende que su profecía no es para ti sino parte del tour.

 

Ya es de noche, estás en la habitación de los varones tercer año de Gryffindor, estás conversando y riendo con quienes fueron tus compañeros por un día. No le quitaste puntos a Gryffindor y no pintaste el bigote en algunos de los retratos de la oficina del profesor Dumbledore, pero estás feliz y satisfecho con tu día. Por supuesto, quieres que se repita, pero sabes que debes estar agradecido, porque hay millones de muggles, incluida la que escribió este fanfic, incluidos quienes lo leyeron, que sueñan con un día como el que tú tuviste, así que no te quejes y agradece, que por lo menos, un día te regalé.

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María Paulina Camejo

Escritora venezolana radicada en Miami. Licenciada en Historia del Arte y Literatura por la Universidad de Miami. Ha publicado la novela Beatriz decidió no casarse, la cual también fue publicada en inglés. Puedes comprar su novela en Amazon

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